En 1820, en una alejada comarca rural de los Estados Unidos,
un joven de catorce años tuvo un privilegio singular luego de casi dos milenios
de oscuridad espiritual que se debatieron sobre la humanidad. Creyendo
firmemente en el testimonio de Santiago de que quien tuviese “falta de
sabiduría la pidiese a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin
reproche”, tomó la decisión de retirarse a un bosque cercano y poner a prueba
las palabras del apóstol de Cristo según se hallan registradas en la Biblia. El
siguiente es el relato de lo acontecido según sus propias palabras:
“Después de apartarme al lugar que previamente había
designado, mirando a mi derredor y encontrándome solo, me arrodillé y empecé a
elevar a Dios el deseo de mi corazón. Apenas lo hube hecho, cuando súbitamente
se apoderó de mí una fuerza que me dominó por completo, y surtió tan asombrosa
influencia en mí, que se me trabó la lengua, de modo que no pude hablar. Una
densa obscuridad se formó alrededor de mí, y por un momento me pareció que
estaba destinado a una destrucción repentina.
“Más esforzándome con todo mi aliento por pedirle a Dios que me librara del
poder de este enemigo que se había apoderado de mí, y en el momento en que
estaba para hundirme en la desesperación y entregarme a la destrucción —no a
una ruina imaginaria, sino al poder de un ser efectivo del mundo invisible que
ejercía una fuerza tan asombrosa como yo nunca había sentido en ningún otro
ser— precisamente en este momento de tan grande alarma vi una columna de luz,
más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente
descendió hasta descansar sobre mí.
“No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había sujetado. Al
reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo
fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por
mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado:
¡Escúchalo!“
Aquél joven cuyo nombre era
José Smith tuvo la inefable bendición de oír la voz de Dios testificar de su
Hijo Unigénito. El Padre Celestial le habló “cara a cara”, así como había
acontecido en tiempos de antaño con Moisés cuando el Señor le llamó a ser Su
profeta3. Aquella experiencia, que llegó a ser conocida como la
Primera Visión, marcó el inicio de la dispensación del Cumplimiento de los
Tiempos, predicha por los antiguos profetas y largamente esperada por las
huestes de los cielos. El tiempo para la predicación de la plenitud del
evangelio sobre la tierra, para la restauración de las llaves de la autoridad
divina y de las ordenanzas de salvación, y para el inicio del recogimiento
definitivo del pueblo de Israel, había finalmente llegado. La primera gran
señal de tan trascendentales acontecimientos fue la de que un ignoto campesino,
en un condado a miles de kilómetros de distancia de la tierra de Jerusalén, tuviera
la sagrada experiencia de oír la voz de Dios revelándole Su
voluntad.
De la Primera Visión se
desprenden enseñanzas fundamentales acerca de la naturaleza de Dios y de Su
hijo Jesucristo. Se pone en evidencia la relación estrecha de la Deidad con el
hombre. Por lo menos cuatro de los Artículos de Fe4 de nuestra
Iglesia se derivan directamente de esa visión. En lo que refiere a oír
la voz de Dios, el Artículo de Fe noveno es concluyente cuando afirma:
“Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que
actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes
asuntos pertenecientes al reino de Dios.”
El principio de la revelación
continua trasciende el plano eclesiástico y constituye también un pilar en la
relación personal de cada uno de Sus hijos con el Padre Celestial. Cuando
Jesús, para hacerles reflexionar, inquirió de Sus apóstoles qué pensaban de Él,
la respuesta de Pedro testificando que Él era “el Cristo, el Hijo del Dios
viviente”, motivó la siguiente sublime declaración del Salvador:
“Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo
reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
“Más yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi
iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.”
La verdadera Iglesia de Cristo
debe estar sustentada en la roca de la revelación. Esa roca debe ser también el
fundamento de la vida de los santos. La experiencia de José Smith en la
Arboleda Sagrada, así como muchas otras vividas por profetas y discípulos
selectos del Señor, testifican que es posible que el hombre pueda oír
la voz de Dios. ¿Significa ello que cualquiera de nosotros pueda tener una
experiencia similar en el transcurso de su vida?
Obviamente que recibir la visita
personal del Padre o del Salvador resucitado es un hecho extraordinario que
pocas veces se ha registrado en las Escrituras si tomamos en cuenta que éstas
abarcan más de seis mil años de historia de la humanidad.
Las Escrituras testifican que
podemos oír la voz de Dios. En tiempos del Éxodo, todo el pueblo oyó la voz de
Jehová, y Moisés dio testimonio de ello al clamar ante la congregación:
“Y habló Jehová con vosotros de en medio del fuego; oísteis
la voz de sus palabras, pero a excepción de oír la voz, ninguna figura
visteis.”
Con todo, debe entenderse que
existen otras formas en que la voz del Señor puede ser oída. Esas otras formas
de oír la voz de Dios son las más comunes, sin que ello merme
la realidad del acontecimiento ni le quite su valor. Es que el proceso de la
revelación —la comunicación de Dios al hombre para transmitirle Su palabra—
envuelve más canales que el de la mera audición física.
En el prefacio del Señor al
libro de Doctrinas y Convenios se lee:
“Porque, en verdad, la voz del Señor se dirige a todo
hombre, y no hay quien escape; ni habrá ojo que no vea, ni oído que no
oiga, ni corazón que no sea penetrado...
“Y la voz de amonestación irá a todo pueblo por boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días...
“Y la voz de amonestación irá a todo pueblo por boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días...
“Lo que yo, el Señor, he dicho, yo lo he dicho, y no me disculpo; y aunque
pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será
cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo
mismo.”
De manera que debemos recibir
las Escrituras y las palabras de Sus profetas inspirados por el Espíritu Santo,
como si vinieran de la propia boca del Señor. En ese sentido podemos afirmar
que, al recibirlas, es como si las hubiéramos escuchado del Señor mismo.
“Y yo, Jesucristo, vuestro Señor y vuestro Dios, lo he
hablado.
“Estas palabras no son de hombres, ni de hombre, sino mías; por tanto,
testificaréis que son de mías, y no del hombre.
“Porque es mi voz la que os las declara; porque os son dadas por mi Espíritu, y
por mi poder las podéis leer los unos a los otros; y si no fuera por mi poder,
no podríais tenerlas.
“Por tanto, podéis testificar que habéis oído mi voz y que conocéis mis palabras.”
“Por tanto, podéis testificar que habéis oído mi voz y que conocéis mis palabras.”
Muchas respuestas a nuestras
interrogantes, muchas de las soluciones que buscamos a nuestros problemas y
gran parte del consuelo que procuramos al sentirnos tristes o apesadumbrados
por las cargas de la vida, podemos encontrarlas en las Escrituras y las
palabras inspiradas de Sus discípulos escogidos.
Hablando del ministerio de Sus
enviados, el Señor nos ha indicado:
“y ésta es la norma para ellos: Hablarán conforme los
inspire el Espíritu Santo.
“Y lo que hablen cuando sean inspirados por el Espíritu Santo será Escritura, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para salvación.”
“Y lo que hablen cuando sean inspirados por el Espíritu Santo será Escritura, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para salvación.”
Al escudriñar las Escrituras,
podremos encontrar lo que buscamos para ayudarnos a superar nuestras pruebas,
mediante nuestra diligencia y la guía del Espíritu Santo.
Pero existe un canal aún más
personal para oír la voz del Señor. Es el que se deriva de la humilde oración
de fe, la que brinda “reposo al cansado... trae consuelo al herido, paz al
corazón”.
Poco antes de ser llamado como
escribiente del Profeta, Oliverio Cowdery había “acudido al Señor para saber
si lo que le habían dicho acerca de José Smith era verdad, y el Señor le
manifestó que aquello era verdadero. Días después, José Smith
recibió la revelación que se encuentra en la sección 6 de Doctrina y Convenios
donde el Señor le recuerda a Oliverio Cowdery la ocasión de su ruego. Lo
siguiente es parte de esa revelación:
De cierto, de cierto te digo: Si deseas más testimonio,
piensa en la noche en que me imploraste en tu corazón, a fin de saber tocante a
la verdad de estas cosas.
“¿No hablé paz a tu mente en cuanto al asunto? ¿Qué mayor
testimonio puedes tener que de Dios?”
Posteriormente el Profeta
recibió mayor conocimiento acerca del proceso de obtener revelación. Ello está registrado
en la sección 9 de Doctrina y Convenios donde se establece que el Señor “hablar
a nuestra mente y a nuestra corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá
sobre nosotros y morará en nuestro corazón”.
Al respecto, el presidente
Boyd K. Packer ha enseñado:
"He llegado a saber que la inspiración se manifiesta
más como un sentimiento que como un sonido
“El Señor tiene una forma de hacer que la inteligencia pura penetre en nuestra mente para Impulsarnos y guiarnos, y también para enseñarnos y ponernos sobre aviso, y vosotros podéis llegar a saber lo que tenéis que saber en forma instantánea. Vuestra es la responsabilidad de aprender a recibir tal inspiración.”
“El Señor tiene una forma de hacer que la inteligencia pura penetre en nuestra mente para Impulsarnos y guiarnos, y también para enseñarnos y ponernos sobre aviso, y vosotros podéis llegar a saber lo que tenéis que saber en forma instantánea. Vuestra es la responsabilidad de aprender a recibir tal inspiración.”
Una vez que obtenemos la
certeza de un testimonio personal del evangelio, debemos continuar adelante
perfeccionando nuestra capacidad de oír a Dios, puesto que resulta de vital
importancia que tengamos desarrollada nuestra habilidad de comunicarnos con Él.
Un hombre podrá aprender mucho
acerca de la doctrina de la Iglesia, podrá llegar a prestar grandes servicios y
alcanzar una gran reputación entre sus hermanos; podrá convertirse en una
persona exitosa en los negocios o alguien de quien el mundo diga que es muy
afortunado por causa de sus bienes materiales o posición social; podrá citar
las más variadas escrituras de memoria y hablar con la elocuencia de un
erudito, pero nada le valdrán todos esos logros si no aprende a oír la voz del
Señor y seguir Su mandato.
Ya sea que oigamos la voz de
Dios desde las Escrituras, la escuchemos desde el púlpito de una conferencia
general, la leamos en alguna de las publicaciones de la Iglesia o la recibamos
a través de “la voz apacible y suave”15 del Espíritu Santo, no
habrá mayor gozo ni huella más profunda en nuestra alma que la que nos deje el
hecho de vivir en comunicación con Él, sabiendo por añadidura que “todo lo que
es bueno viene de Dios”, y que si seguimos Su palabra “nada prevalecerá en
contra de nosotros


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