“Aprendan a ser… sobre todo obedientes para que puedan llevar
a cabo la obra del Señor en la forma majestuosa en que debe realizarse.”
Eso podemos hacerlo ahora al
reflexionar en nuestros antepasados que formaron parte de ese recorrido y en
todo lo que han hecho para labrarnos el camino, y después contemplar la Iglesia
de la actualidad. Al escuchar hoy la lectura de las estadísticas y al
reflexionar en lo que sucede en todo el mundo respecto al concepto que la gente
tiene de la Iglesia, al crecimiento de esta y la continua expansión en la
cantidad de estacas, barrios y miembros en países y áreas nuevos de todo el
mundo, podríamos de nuevo cantar con gran entusiasmo: “Oh montañas, alabad”.
Aquí estamos, y la palabra se está esparciendo tal como se ha predicho y tal
como debe hacerse.
Es un honor para mí participar en
el programa aquí esta noche. Tengan suficiente edad para abarcar casi todo el
siglo veinte. Sólo me faltan seis años al comienzo del siglo -nací en 1906- y
me quedan tres años hasta el final, y eso cubriría los cien años. El otro día,
cuando el presidente Hinckley hablaba de una dedicación que se llevará a cabo
en el año dos mil, me dijo: “Estoy contando con su presencia”. Y yo le
conteste: “Tengo planes de estar allí”. Así que si puedo llegar hasta esa
fecha, eso cerraría los tres años del final del siglo, y solo me faltarían los
seis del inicio. Con eso habré vivido noventa y cuatro por ciento de los cien
años de este siglo.
Ahora, al reflexionar en el siglo
veinte y en lo que he aprendido, me gustaría dirigir mis comentarios al
Sacerdocio Aarónico, particular mente en lo que respecta a lo que he visto y
sentido durante ese tiempo.
Quisiera recordarles que en el
año de 1906, la Iglesia contaba con aproximadamente 300 miembros; había
cincuenta y cinco estacas, veintidós misiones y 1.500 misioneros, hasta donde
he podido calcular, lo cual significa que había aproximadamente setenta
misioneros en cada una de las veintidós misiones. La obra avanzaba en ese año
de mi nacimiento.
Mi madre cuenta que cuando nací,
un domingo por la mañana, mi padre se sintió muy orgulloso. Él era el obispo
del barrio Primero de Oakley, Idaho, y salió a la calle para anunciarle el
nacimiento a uno de nuestros amigos escandinavos, el hermano Peterson, quien
pasaba por allí.
Mi padre le pidió que pasara a
ver a su nuevo hijo. Mi madre dijo que yo era el pequeño más feo que jamás
había visto. Estaba mal nutrido, arrugado y calvo así que el hermano Peterson,
después de mirarme, dijo: “Hermana Haight, ¿cree que vale la pena quedarse con él?”
Pues bien, así fue como entre en el mundo.
Desde esos tiempos he visto la
invención del automóvil y los primeros aviones. He visto el radio desarrollarse
desde un pequeño cristal con un alambre para sintonizarlo, hasta el inicio del
moderno mundo de la electrónica. Recuerdo que por la noche nos reuníamos en el
edificio que pertenecía a la Compañía de Electricidad del estado de Idaho, con
un pequeño radio, y lo rascábamos con ese pequeño alambre, y escuchábamos una
terrible estática. Pensamos que habíamos sintonizado alguna estación de China
porque no entendíamos nada de lo que decían.
Al reflexionar en el mundo que
conocí cuando era pequeño, considero que en ese tiempo los principios básicos
que recalcamos estaban bien fundamentados. Con todo lo que he visto acontecer
en mis años de vida, nada ha surgido que cambie esos principios básicos. Ahora
tenemos la gran capacidad para comunicarnos con muchísima rapidez y de varias
maneras. Podemos viajar más rápido por aire, en automóviles, etc., pero lo
básico, los principios eternos, no han cambiado en nada.
Ustedes que son jóvenes ahora -y
estoy pensando en los diáconos que están congregados en reuniones en todo el
mundo-, yo recuerdo cuando fui ordenado diácono por el obispo Adams, quien tomo
el lugar de mi padre cuando el murió. Mi padre me bautizó, pero ya no vivía
cuando recibí el Sacerdocio Aarónico. Recuerdo la emoción que sentí cuando
llegue a ser diácono y al fin poseía el sacerdocio. Me explicaron en una forma
clara y con palabras sencillas que había recibido el poder para ayudar en la
organización y en el avance del programa del Señor sobre la tierra.
Como jóvenes de doce años de
edad, eso es lo que recibimos. Avanzamos en esos primeros rangos del sacerdocio
menor -como diácono, maestro y después presbítero-, aprendiendo poco a poco,
aquí un poco y allí un poco, desarrollándonos en conocimiento y en sabiduría.
Ese pequeño testimonio con que comienzan empieza a crecer, y pueden verlo
magnificarse y edificarse de una manera que pueden entender. Conforme crecen y
se preparan para ser hombres, pueden sentir la magnitud de ese sacerdocio.
Y hablando de la preparación para
ser hombre, recuerdo que cuando tenía doce años de edad, yo era el hombre de la
casa. Para entonces, ya era un hombre porque eso era lo que mi madre esperaba
de mí. A ella no se le consideraba una viuda, sino una madre que debía
criarnos, enseñarnos, capacitarnos y ayudarnos a prepararnos para la vida. Y es
por eso que les digo a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico: Recuerden los
principios básicos y sencillos que aprendemos desde el principio, que se nos
enseñan en las Escrituras. Desde Adán, los principios básicos han existido aquí
en la tierra, y ni con el desarrollo del género humano, ni con la velocidad de
los automóviles, los aviones y la comunicación, ninguno de esos principios
básicos ha cambiado. Siguen iguales. Debemos estar preparados conforme
avancemos por la vida, aprendiendo a hacer lo que es esencial para avanzar, ya
sea en el sacerdocio o en diversos puestos en la sociedad, o en lo que sea.
Tenemos que aprender a obedecer las reglas sencillas y básicas del Evangelio.
Esta noche, cuando entró la
Primera Presidencia, uno de ellos dijo: “Hagan una jonrón”, y alguien más dijo:
“Anoten un gol”. Eso me recordó que hace unos cuantos años, en una reunión
similar a esta, relate una historia de un partido de fútbol americano en el que
participe, una vez que la mesa directiva del distrito escolar de Oakley, Idaho,
pudo reunir suficiente dinero para comprar doce uniformes de fútbol (véase
“Vosotros sois diferentes”, Liahona, agosto de 1981, pág. 64). Siempre habíamos
jugado al básquetbol en lugar de fútbol porque era más fácil y barato y no
requería mucho equipo, pero finalmente se pudieron comprar doce uniformes para
que tuviéramos un equipo completo y un suplente. Nuestro entrenador era el
maestro de química, porque alguna vez había visto un partido, así que nos
enseñó a defender y a correr por todo el campo y a hacer unas cuantas jugadas
sencillas, pero nunca habíamos visto jugar a un equipo autentico.
Nuestro primer partido era contra
Twin Falls, Idaho, que el año anterior había ganado el campeonato estatal de
escuelas secundarias. Nos subimos a nuestros pequeños automóviles Ford y
viajamos a la ciudad de Twin Falls. Vestimos los uniformes y el tenis de
básquetbol y los doce salimos al campo. Después de haber corrido un poco para
entrar en calor, comenzó a tocar la banda y salió el equipo contrarío. Había más
alumnos en la banda de ellos que en toda nuestra escuela, pero cuando salió su
equipo en sus uniformes parecidos a los de los equipos profesionales, nos
quedamos asombrados. Eran treinta y nueve jugadores, todos ellos con uniforme
completo.
Como podrán imaginarse, el
partido estuvo interesante. Los contrarios dieron el puntapié inicial, y
nosotros intentamos un par de jugadas, que de nada nos sirvieron, por lo que
pateamos el balón para deshacernos de él. Cada vez que lo recibíamos, lo
pateábamos, y cada vez que lo recibían ellos, anotaban seis o siete puntos. Fue
una tarde Sumamente interesante. Hacia el final del partido, cuando ya estábamos
golpeados, sangrientos y afligidos, el otro equipo comenzó a jugar con menos
cuidado, y uno de sus pases fue a dar exactamente a las manos de Clifford Lee,
quien jugaba conmigo como defensa. Él no sabía qué hacer con el balón, pero vio
que venían siguiéndolo, así que comenzó a correr. No corría para anotar puntos,
sino para salvar la vida. Anotó un gol de seis puntos.
El marcador final fue de 106 a 6.
Hace unos dos o tres años, el periódico de Twin Falls publicó un artículo sobre
los grandes equipos de fútbol americano de esa ciudad, en el que se menciona
aquel partido contra Oakley, e informaron sobre un marcador de 106 a 7. Le
escribí al editor y le dije: “Estimado editor: Pensé que tal vez le gustaría
escuchar de alguien que jugo en el equipo contrario”. Así que le describí el
partido y le dije: “No intentamos anotar el punto extra porque no había nadie
en el equipo que pudiera hacerlo. Y usted debe corregir el marcador en sus
registros, porque fue de 106 a 6”.
Pues bien, experiencias como esas
son parte de la vida y debemos aprovechar toda oportunidad que nos presente a
fin de estar preparados para enfrentarlas; y cuando haya algo que deba hacerse
y cosas que deban aprenderse para poder hacerlo, es importante saber los
principios básicos y cómo ponerlos en práctica.
El Evangelio es verdadero. Al
reparar en la fuerza misional que tenemos en el mundo, pienso: que gran oportunidad
de llevar a cabo la obra del Señor de la forma en que debe hacerse. Les amamos
por lo que están haciendo. Ustedes, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, sean tan
buenos como deben ser. Y aprendan a ser limpios, honrados, puros, sinceros y
obedientes -sobre todo obedientes- para que puedan llevar a cabo la obra del
Señor en la forma majestuosa en que debe realizarse.
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