¿Cuál es el plan del Señor para nuestro retorno
seguro?
La
protección contra la influencia de Satanás se recibe a través del evangelio de
Jesucristo. Las buenas nuevas son que Jesucristo realizó una perfecta Expiación
en beneficio de la humanidad; es un mensaje de amor, esperanza y misericordia
de que hay una reconciliación del hombre con Dios.
El pecado
es la transgresión deliberada de la ley divina. La expiación de Jesucristo es
el don que Dios da a Sus hijos para que corrijan y superen las consecuencias
del pecado. Dios ama a todos Sus hijos y Él nunca dejará de amarnos ni perderá
la esperanza en nosotros. El plan de nuestro Padre Celestial es claro y Sus
promesas son grandiosas: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar
al mundo, sino para que el mundo sea salvo” (Juan 3:17).
Cristo vino para
salvarnos. Si hemos tomado el camino equivocado, la expiación de Jesucristo nos
brinda la seguridad de que el pecado no es un punto sin retorno. Si
seguimos el plan de Dios para nuestra salvación, es posible lograr un retorno
seguro.
Hemos recibido
ese plan de la autoridad máxima del universo, de Dios, nuestro Padre Celestial.
El plan se preparó desde antes de la fundación del mundo. Es un gran plan de
felicidad, de misericordia, de redención y de salvación. Ese plan nos permite
tener la experiencia de una existencia física, incluso la vida mortal, un
tiempo de probación, y luego regresar a la presencia de Dios para vivir en
felicidad y gloria eternas. Ello se explica en las doctrinas del evangelio
restaurado de Jesucristo.
Seguir
ese plan tiene hermosas consecuencias eternas para nosotros en forma
individual, para nuestra familia, para las generaciones venideras e incluso
para las generaciones que nos han precedido. El plan también abarca la
reconciliación con Dios y el perdón.
¿Por qué es posible el perdón divino?
Nosotros reconocemos que “todos pecaron, y están
destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), pero también testificamos con
firmeza que el arrepentimiento y el perdón pueden ser tan reales como el
pecado.
La expiación de Jesucristo hace que cada persona
sea responsable de sus propios pecados. Al reclamar las bendiciones y los
beneficios de la Expiación, superaremos las consecuencias del pecado
individual.
El arrepentimiento, por sí
mismo, no salva al hombre. Es la sangre de Jesucristo la que nos salva. No es
sólo mediante un cambio sincero y honrado que nos salvamos sino “por la gracia…
nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23). El verdadero
arrepentimiento, sin embargo, es la condición que se requiere para recibir el
perdón de Dios en nuestra vida. El verdadero arrepentimiento torna “la noche
más tenebrosa en un día refulgente”.
¿En qué consiste el verdadero arrepentimiento?
Para arrepentirnos, debemos tener una fe
firme en Cristo. Nuestra fe debe abarcar “una idea correcta del carácter, de la
perfección y de los atributos de Dios. Si creemos que Dios sabe todas las
cosas, y que es amoroso y misericordioso, entonces nos será posible depositar
nuestra confianza en Él sin vacilación para obtener nuestra salvación. La fe en
Cristo cambiará nuestros pensamientos, nuestras creencias y nuestro comportamiento
que no estén en armonía con la voluntad de Dios.
El verdadero arrepentimiento nos lleva de nuevo a hacer
lo correcto. Para arrepentirnos verdaderamente, debemos reconocer nuestros
pecados y sentir remordimiento, o la tristeza que es según Dios, y confesar los
pecados a Dios. Si nuestros pecados son graves, debemos también confesarlos a
nuestro líder autorizado del sacerdocio. Debemos pedir a Dios que nos perdone y
hacer todo lo que esté a nuestro alcance para corregir cualquier daño que hayan
causado nuestras acciones. El arrepentimiento significa un cambio en la mente y
en el corazón; dejar de hacer lo incorrecto y comenzar a hacer lo correcto.
Produce una actitud renovada hacia Dios, hacia nosotros mismos y hacia la vida
en general.
¿Cuáles son los frutos del perdón?
El verdadero arrepentimiento bendice nuestra
vida con los efectos de la Expiación: sentimos el perdón y la paz de Dios,
desaparecen nuestros sentimientos de culpa y de pesar; disfrutamos de la
influencia del Espíritu en mayor abundancia y estamos mejor preparados para
vivir con el Padre Celestial.
El presidente Spencer W. Kimball enseñó: “La
esencia del milagro del perdón es que trae paz al alma previamente ansiosa,
inquieta, frustrada y tal vez atormentada… Dios limpiará… las lágrimas de
angustia, de remordimiento… de temor y de culpabilidad” (El Milagro del Perdón,
págs. 371, 376).
Jesús prometió: “La paz os dejo,
mi paz os doy… No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).
El profeta Alma, a quien Dios rescató del pecado a
la felicidad por medio del perdón, dijo: “la maldad nunca fue felicidad” (Alma
41:10). Él había sido testigo personal de los amargos dolores del pecado, pero
también habló con entusiasmo de la felicidad que acompaña al arrepentimiento y
al perdón verdaderos: “Sí… te digo… que… no puede haber cosa tan intensa y
dulce como lo fue mi gozo” (Alma 36:21). Alma concluyó con un consejo poderoso
y sabio para todos los que buscan el perdón: “Y ahora bien… quisiera que no
dejaras que te perturbaran más estas cosas, y sólo deja que te preocupen tus
pecados, con esa zozobra que te conducirá al arrepentimiento” (Alma 42:29).
¿Cómo podemos saber que Dios nos ha perdonado?
El presidente Harold B. Lee dijo: “Una vez que uno haya
hecho todo lo que esté a su alcance por vencer las faltas, y ha determinado [en
el corazón] que nunca las repetirá, puede alcanzar la paz interior, que le hace
saber se le han perdonado los pecados”.
Una vez que nos hayamos arrepentido verdaderamente,
Cristo nos librará de la carga de la culpabilidad por nuestros pecados.
Sabremos por nosotros mismos que se nos ha perdonado y hecho limpios. El
Espíritu Santo nos lo confirmará; Él es el Santificador. Ningún otro testimonio
del perdón es más grande que ése.
El Señor dijo: “…el que se arrepienta y cumpla
los mandamientos del Señor será perdonado” (D. y C. 1:32; cursiva
agregada). “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré
descansar” (Mateo 11:28). “Sé fiel y diligente… y te estrecharé entre los
brazos de mi amor” (D. y C. 6:20).
Y Él declaró: “He aquí, quien se ha arrepentido de sus
pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más” (D. y C. 58:42).
Satanás tratará de hacernos creer que no se nos han
perdonado nuestros pecados porque nosotros aún los recordamos.
Satanás es un mentiroso; él trata de nublar nuestra vista y de alejarnos del
sendero del arrepentimiento y del perdón. Dios no nos prometió que nosotros no
recordaríamos nuestros pecados; el hacerlo nos ayudará a evitar que volvamos a
cometer los mismos errores; pero si nos mantenemos leales y fieles, el recuerdo
de nuestros pecados se mitigará con el correr del tiempo. Eso será parte del
tan necesario proceso sanador y santificador. Alma testificó que, después de
clamar a Jesús pidiéndole misericordia, seguía recordando sus pecados, pero ese
recuerdo dejó de afligirlo y de atormentarlo, porque sabía que se le había
perdonado (véase Alma 36:17–19).
Es nuestra la responsabilidad de evitar
cualquier cosa que nos haga recordar pecados del pasado. Si siempre tenemos un
“corazón quebrantado y un espíritu contrito” (3 Nefi 12:19), podemos confiar en
que Dios “no [recordará] más [nuestros pecados]”.
¿Por qué el perdonar nos ayuda a recibir el perdón?
Jesús nos enseñó verdades eternas
cuando nos enseñó a orar: “…perdónanos nuestras deudas, como nosotros
perdonamos a nuestros deudores… Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas,
os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial; mas si no perdonáis…
vuestro Padre tampoco perdonará vuestras ofensas” (3 Nefi 13:11, 14–15).
Por consiguiente, otorgar el perdón es
un requisito esencial para recibir el perdón.
Para nuestro propio bien, debemos
tener la valentía moral de perdonar y de pedir perdón. El alma nunca es más
noble ni más valiente que cuando perdona, lo que incluye el perdonarnos a
nosotros mismos.
Por mandamiento divino, cada uno
de nosotros está obligado a otorgar el perdón y la misericordia, y a
perdonarnos los unos a los otros. En nuestras familias, en nuestros
matrimonios, en nuestros barrios y estacas, en nuestras comunidades y en
nuestros países existe una gran necesidad de ese atributo cristiano.
Recibiremos la dicha del perdón en
nuestra propia vida cuando estemos dispuestos a otorgar libremente esa dicha a
los demás. Perdonar de palabra no es suficiente; debemos eliminar de nuestro
corazón y de nuestra mente los sentimientos y los pensamientos de amargura y
dejar que la luz y el amor de Cristo entren en ellos. Como resultado, el
Espíritu del Señor llenará nuestra alma con el gozo que acompaña la divina paz
de conciencia (véase Mosíah 4:2–3).
Mis queridos hermanos y hermanas, mis
queridos jóvenes amigos, cuando el capitán de un avión de vuelos largos pasa el
punto de retorno seguro y los vientos contrarios son demasiado fuertes o la
altitud de vuelo es demasiado baja, puede verse forzado a desviarse hacia otro
aeropuerto que no sea el destino planeado. Eso no sucede en nuestro viaje por
la vida de regreso a nuestro hogar celestial. No importa dónde se encuentren en
el viaje de la vida o cuáles sean las pruebas que deban afrontar, siempre hay
un punto de retorno seguro; siempre hay esperanza. Ustedes son los capitanes de
su propia vida y Dios ha preparado un plan para llevarlos a salvo de regreso a
Él, a su destino divino.
El don de la expiación de Jesucristo nos
proporciona, en todo momento y en todo lugar, las bendiciones del
arrepentimiento y del perdón. Gracias a ese don, la oportunidad de regresar con
seguridad de un desastroso sendero de pecado está a disposición de todos
nosotros, en todo momento.


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